miércoles, 21 de febrero de 2018

“Go Now” de Gary Snyder: el poema de amor más hermoso de la Humanidad


No sé si los poemas también pueden llegar a ser Patrimonio de la Humanidad... Para mi éste sí lo es. Es la poesía más impactante y más bonita sobre el amor humano que he leído nunca.

Si vinieran unos extraterrestres y quisieran conocer al Ser Humano, se lo entregaría en sagrado ritual y les diría que estos sentimientos están entre los más sublimes que la Humanidad puede alcanzar a sentir.

Atención. Lo que sigue no se puede leer a la ligera... ¿A qué velocidad estás consumiendo esta información?


Ralentízate...


Vuelve a ti...


Quizá no es ahora el momento adecuado para leer este poema... Busca un espacio seguro y protegido donde puedas estar a solas, en tu intimidad, para poder sumergirte en calma dentro de su contenido. Acoge sin miedo los sentimientos con los que conectes y siéntete en confianza para expresar las emociones que necesites liberar.

Este poema puede ser altamente sanador si lo lees con el máximo respeto.

Mejor no lo leas en pantalla: imprímelo, disfruta de la lectura analógica y siente la Internet del Corazón; donde no hay prisa, ni espacio, ni tiempo.

Go Now” de Gary Snyder:


Ahora, vete

No quieres leer esto,
lector,
te aviso, da la espalda
a la oscuridad,
vete ahora.


sobre la muerte y la
muerte de una amante; no es una vaga reflexión
o una homilía, no hay ironía
ni dios ni iluminación, o
conformidad —o resistencia— ante el
fin de nuestra vida,


es sobre cómo los ojos
se hunden hacia adentro y los dientes sobresalen
tras algunos días de calor.
Su última
respiración, y yo todavía no estaba preparado
para esa respiración, la final, que llegó
al fin. Después de diez largos años.
Tan delgada que las articulaciones se transparentaban,
cada tendón y cóndilo,
Shakyamuni bajando de la montaña
tras aquel largo ayuno
parecía más rollizo que ella.
                  “Conocí a un esqueleto
                               andante, se llamaba Thomas Quinn.”


por entonces
cantábamos,
casi no podía andar, pero lo hacía.
Le daba las drogas todas las noches y siempre
nos besábamos con cariño y fiereza tras el envite,
nos besábamos fuerte, y nuestros dientes crujían, sus
labios secos, fieros, era toda
huesos, respiración y ojos.


No habíamos hecho el amor en ocho años
tenía agujeros que se secaban todo el tiempo
en los costados, le salían otros nuevos,
fin de partida; y hablaba cuando podía.


Hijas, madre, hermana, primas, amigos
entrando y saliendo de la habitación. Incluso
la curtida enfermera de terminales lloraba.


Buenas noches, corazón. Bueno, es hora de irse”
nuestro dueto, mejilla con mejilla,
durante las últimas seis semanas.


Miraba las avecillas que anidaban
en un árbol afuera.
Después murió.
La lavé con una esponja y le puse una blusa
con mangas para cubrir sus codos demacrados,
una camisa larga y ligera
como Mumtaz Mahal.


Estaba solo. Luego llegaron los demás.
Una hija gritó,
Es un cadáver” y se quedó inmóvil fuera
sobre la terraza de madera. Hacía calor.
Al tercer día
la furgoneta de la funeraria vino a por ella
acercando la trasera hacia la puerta;
les ayudé a envolverla en las sábanas,
deslizarla sobre la camilla y empujarla al coche
y ascendieron por la tosca ladera de grava,
nuestro clan familiar allí de pie, en silencio
mientras me daba la vuelta, contuve la respiración,
y cerré los ojos al cielo.


Cinco días de calor y me llamaron,
Kai y yo únicamente, para presenciar la cremación.
Se paga más. Solo nosotros dos
quisimos estar allí, para verlo.
Seguimos a la limusina
por un patio de cemento con tolvas de grava
para atravesar una verja detrás
hasta un descuidado
galpón de chapa que había sido un taller de carrocería
al horno y la habitación de la chimenea,
parecía el crisol de un alfarero,
había ataúdes de cartón
    apilados           y vacíos alrededor.


Un hombre joven frente a un escritorio y una mesa
rellenando papeles y sudando, mientras
colocábamos el incienso, la campana, la vela,
y me acerqué al liviano ataúd de cartón
y abrí la tapa. El olor me golpeó como un puñetazo.
Pensaba que la funeraria
tendría algún tipo de refrigeración
como una cámara,
quizás la tenían, pero no ayudaba mucho.
su cara demacrada, más hundida, deshidratada,
los ojos aún abiertos pero apagados, los dientes más grandes, su cuerpo,
su cuerpo sin duda, el cuerpo de mi dulce amor
reducido a la esencia, y puse dos libros en
su pecho, libros que ella había escrito
para enviarla en su viaje, la miré otra vez
         y otra,
cerré           y asentí.


Lo acercó rodando, deslizó la
caja en el horno, echó el seguro de la puerta
como si cargara un torpedo,
quemamos incienso y recitamos los
textos de la fugacidad y para todos los seres que han vivido
y que vivirán alguna vez; cosas inscritas solo en magia
y únicamente para los muertos —no para ti, querido lector—
observando el indicador de la temperatura del horno,
ardiendo con propano, ascender sin pausa.


Así que ahora podemos irnos.
Quizás sé adónde ha ido;
Kai y yo, una vez más
tomamos una profunda inspiración
este es el precio del apego—


Compensa, sin duda compensa.”


Todavía enamorado, estar allí,
Viéndolo, oliéndolo y sintiéndolo,
pensando, adiós,


Compensa incluso el olor.


































Extraído del libro La mente salvaje (Nueva antología) de Árdora Ediciones, Madrid 2016. Se transcribe íntegramente tal cual está publicado a nivel formal, incluso las incoherencias de aspecto entre los dos idiomas (alguna mayúscula, coma, punto, guión...), seguramente errores de maquetación pero que no afectan el sentido profundo del mensaje.


La obra de Gary Snyder (San Francisco, 1930) plantea una esclarecedora revisión de nuestra pertenencia al mundo natural. En su poesía convergen la atención detallada a la condición salvaje, el conocimiento y la permeabilidad a la tradición literaria oriental, el legado ético del budismo —residió en Japón durante una década— y una escucha atenta a las relaciones de las culturas primigenias con su entorno. Inicialmente vinculado a la generación beat y pensador crucial sobre cuestiones ecológicas, Snyder es hoy uno de los poetas vivos más respetados en lengua inglesa, además de autor de una obra ensayística que asume una posición ética y política tan creativa como rigurosa. La publicación de la antología La mente salvaje (Árdora Ediciones, 2000) fue la primera aparición de un libro de Gary Snyder en español. Agotada ocho años más tarde, esta Nueva antología incluye poemas y ensayos inéditos al contenido de la primera edición, y recoge textos de todos sus libros publicados hasta el presente.”



 
A continuación la versión original en inglés que también incluye esta nueva antología:

Go Now

You don't want to read this,
reader,
be warned, turn back
from the darkness,
go now.


about death and the
death of a lover— it's not some vague meditation
or a homily, not irony,
no god or enlightenment or
acceptance —or struggle— with the
end of our life,


it's about how the eyes
sink back and the teeth stand out
after a few warm days.
Her last
breath, and I still wasn't ready
for that breath, that last, to come
at last. After ten long years.
So thin that the joints showed through,
each sinew and knob
Shakyamuni coming down from the mountain
after all that fasting
looked plumper than her.
                “I met a walking
                             skeleton, his name was Thomas Quinn'—


we sang
back then
she could barely walk, but she did.
I gave her the drugs every night and we always
kissed sweetly and fiercely after the push;
kissed hard, and our teeth clacked, her
lips dry, fierce, she was all
bones, breath and eyes.


We hadn't made love in eight years
she had holes that drained all the time
in her sides, new ones that came,
end game —and she talked when she could.


Daughters, mother, sister, cousins, friends
in and out of the room. Even the
hardened hospice nurse in tears.


Goodnight sweetheart, well it's time to go on.”
our duet, cheek to cheek,
for that last six weeks


She watched the small nesting birds
in the tree just outside.
Then she died.
I sponged her and put on a blouse
with sleeves to cover gaunt elbows,
a long gauzy skirt
like Mumtaz Mahal—

I was alone. Then they came.
One daughter cried out
She's a corpse!” and stood fixed
outside on the deck. It was warm.
The third day
the van from the funeral home came for her,
backing up close to the door,
I helped roll her into the sheets
slid on a gurney and wheeled to the car
and they drove up the rough gravel hill
our family group standing there silent
as I turned, held my breath,
closed my eyes to the sky.


Five days of heat and they called me,
just Kai and me, to come witness cremation.
It costs extra. Only the two of us
wanted to be there, to see.
We followed the limousine
through a concrete-yard with hoppers of gravel
through a gate beyond that
to an overgrown
sheet metal warehouse that once was a body-shop
to the furnace and chimney room,
it looked like a kiln for a potter,
there were cardboard coffins
     stacked up         empty around.



The young man at a desk and a table
filling out papers, sweating, as we
set out the incense and bell, the candle,
and I went to the light cardboard coffin
and opened the lid. The smell hit like a blow.
I had thought that the funeral home
had some sort of cooling
like a walk-in
maybe they did. But it didn't much help.
Her gaunt face more sunken, dehydrated,
eyes still open but dull, teeth bigger, her body,
her body for sure, my sweet lady's body
down to essentials, and I placed two books on
her breast, books she had written,
to send on her way, looked again
             and again,
and closed it      and nodded.



He rolled it up close, slid the
box in the furnace, locked down the door,
like loading a torpedo
we burned incense and chanted the
texts for impermanence and all beings who have lived
or who ever will yet; things writ only in magic
and just for the dead —not for you dear reader—
watching the temperature gauge on the furnace,
firing with propane, go seadily up.



So now we can go.
Maybe I know where she's gone—
Kai and I one more time
take a deep breath
this is the price of attachment—


Worth it. Easily worth it—“


Still in love, being there,
seeing and smelling and feeling it,
thinking farewell,



worth even the smell.