sábado, 7 de noviembre de 2015

Relaciones familiares ancladas en el engendrar

“Las relaciones familiares
son intrínsecas al engendrar.
Intrínsecas y esenciales
porque cada ser humano
es un ser familiar
.”


“En la reproducción asistida «algo» se pierde siempre.”

“No podemos dejar de ser hijo de quienes nos engendraron,
ni madre o padre de aquellos que hemos engendrado,
ni hermano, o nieto...”

“Cuando se fuerza artificialmente
que se fecunden mutuamente ambos gametos
se arriesga la salud."

“La forma en cómo se han aplicado las TRA,
desoyendo las evidentes objeciones de ciencia,
ha creado un problema de salud pública
que afecta a las próximas generaciones.”
 Dra. Natalia López Moratalla


 
El siguiente extracto es el último punto del sobresaliente artículo El precio del «milagro» de los nacimientos por las técnicas de fecundación asistida firmado por la Dra. Natalia López Moratalla y publicado en Cuadernos de Bioética XXIII, 2012/2ª:




"8. Relaciones familiares ancladas en el engendrar

Los valores familiares –a diferencia de los valores de otras relaciones humanas como la amistad, el compartir la misma patria, etc.– hunden sus raíces en el nivel biológico de la persona.

La unión de los cuerpos personales de uno y una –la única y especifica unión que les permite engendrar– implica los cuerpos y los amores, sentimientos, deseos, donación..., etc. de las dos personas. Tal unión crea un espacio procreador humano –no solo fisiológico– en el que se une el nivel biológico y el nivel personal de tal forma que cuando engendran el resultado es la persona del hijo: configuran la identidad real e incambiable del hijo. «Antes y más profunda que cualquier otra identidad, somos hijos, hermanos, padres o madres, esposos... Lo que somos, como familiares, lo somos dentro de una relación... Nuestras identidades familiares son relaciones de unión»(103).

El verbo engendrar tiene un contenido preciso y riquísimo en ambos niveles –el biológico y el de las relaciones interpersonales– de cada ser humano. No podemos
dejar de ser hijo de quienes nos engendraron, ni madre o padre de aquellos que hemos engendrado, ni hermano, o nieto... Con independencia de ser un buen o un mal padre, o un buen hijo o un mal hermano, lo somos, y no nos está permitido dejar de serlo ni después de la muerte. Las relaciones familiares son intrínsecas al engendrar. Intrínsecas y esenciales porque cada ser humano es un ser familiar. Esas relaciones ni son elegibles, ni dependen de nada más. En ellas estamos por derecho propio, desnudos de cualquier otra condición que no sea ser eslabón de esa cadena familiar concreta de cuerpos personales que transmiten la vida engendrando.

Aunque requeriría explicitarse y profundizarse más de lo que en este contexto es posible, es certero que los lazos familiares, la textura de esas relaciones intrínsecas a nuestro propio ser, es «darnos y acogernos ‘a nosotros mismos’... Lo característico, lo propio y exclusivo del amor y de la comunicación en familia es que nos damos y nos acogemos ‘nuestra naturaleza de cuerpo personal’. Nada más íntimo a nosotros mismos que nuestro propio cuerpo. Hay en esta intimidad un amor de una fuerza enorme y constante, a saber, el amor de sí mismo... Es el amor que cada persona humana tiene, como dotación innata, por su propio ser, por su propia naturaleza, por su propia carne y sangre. Ese amor de sí mismo a la propia carne y sangre es el que compartimos en familia en dos grandes y diferentes líneas. Una es la consanguinidad: por razón de engendramiento, son de nuestra misma carne y sangre... Otra es la conyugalidad: por elección libre... se han constituido como si fueran una misma y propia carne (104).

Las personas, por serlo, pueden acoger en su familia y adoptar como hijos a otras personas que no son de su carne y de su sangre, y darles y compartir los afectos propios de las relaciones familiares. Esto, que ha ocurrido seguramente desde que el hombre es hombre, no resta nada a las personas; por el contrario añade una dosis de humanidad que disminuye la soledad de quienes no están rodeados de otros de su carne y su sangre.

En la reproducción asistida «algo» se pierde siempre. «Algo» de diferente entidad en las diversas formas de generar que hemos tratado en este artículo y que recorremos ahora a modo de conclusiones.

1. Un hijo generado desde los gametos del varón y la mujer infecundos entre sí, conviviendo en unión estable, y comprometidos en su crianza y educación, es muy similar al hijo de la propia carne y sangre. Y es igual si es el resultado de una inseminación con los espermios obtenidos de una unión corporal de los progenitores. ¿Qué se pierde? Como los datos muestran, se pierde en salud de la madre y en riesgos de la vida y la salud de los hijos. No es igual curar una esterilidad o la infertilidad que forzar la fecundación de unos gametos que tal vez tengan anomalías y, por ello, carecen de poder fecundante.


El espacio procreador que forman los cuerpos personales de los padres, y que determina la identidad del hijo, es al mismo tiempo el espacio fisiológico privilegiado por la naturaleza. Establece un filtro natural que selecciona entre millones de espermios aquel, el mejor, capaz de fecundar el óvulo bien conformado y madurado en ese ciclo femenino. Cuando se fuerza artificialmente que se fecunden mutuamente ambos gametos se arriesga la salud. Generalmente para forzar la fecundación se necesita estimular el ovario, lo que tiene consecuencias negativas para la salud de la madre y para la vida y salud del hijo; del mismo modo que forzar la fecundación requiere manipular el esperma, lo que tiene consecuencias en la salud del hijo, como lo ponen de manifiesto los datos de que es más eficaz la inseminación con semen de donante que con semen del marido que sufre algún grado de infertilidad.

A su vez, en la situación natural el hijo engendrado pasa momentos en que es más vulnerable, las primeras etapas de su vida, en continuidad física en el espacio privilegiado del cuerpo de la madre que le gesta.

2. En segundo lugar, la cascada desencadenada cuando los gametos son de donantes, o se separa la generación de la gestación, no tiene límites. La pretensión de los programas es de disponer del hijo reinventando el proyecto original de la paternidad-maternidad. Los límites los pone el nivel biológico y sólo obviamente en sentido negativo: por las dos carencias que hemos señalado: la del filtro natural en el establecimiento de las relaciones biológicas específicas entre los gametos y la de comunicación entre el cuerpo de la madre y el cuerpo del hijo en el inicio de su desarrollo.

Los datos aportados muestran que el modelo «inventado» es biológicamente muy inferior al natural. El embrión in vitro, máxime congelado, está en una situación vital muy precaria y muy expuesto a un medio ambiente inhóspito. Pero que se le coloque fuera del sitio que le corresponde haciéndole más vulnerable, o que se someta a exámenes de selección, o que se le pueda, de hecho, abandonar, no significa que no sea un ser humano y por tanto posea el carácter personal propio y específico de los individuos de la estirpe de los hombres. La forma como se llega a la vida, ni los motivos que han llevado a generarlo, no cambian su entidad, ni le restan humanidad; es un ser humano.

Toda persona es capaz de percibir el misterio del hombre: la desproporción entre la fusión de los gametos de sus progenitores y el resultado, que es nada menos que un hombre dotado de inteligencia, libertad, capacidad de amar, de relaciones personales, de heroísmo y miseria. Por ello los resultados de esta experimentación humana, el fracaso de la selección del bebé perfecto, etc. podrían –¿deberían?– hablarnos del derecho de cada persona humana a ser engendrado, sin que nadie se otorgue el programarlo desde fuera. Debería hablarnos de la decisión por una buena terapia de la esterilidad. Curar y prevenir los factores –bien conocidos– que están llevando consigo una alarmante caída de la fecundidad.

3. La forma en cómo se han aplicado las TRA, desoyendo las evidentes objeciones de ciencia, ha creado un problema de salud pública que afecta a las próximas generaciones. Problema intergeneracional en el doble nivel humano. Por un lado, problemas de salud de las mujeres a las que se ha dicho que se les otorga derechos reproductivos sin límites, problemas de salud y fertilidad en las siguientes generaciones. Por otro lado, problemas humanos insolubles de rotura de la relaciones familiares vitales para las personas y violentada en programas a prueba, experimentando contra evidencias ya sólidas de los daños que acarrean.


Un libro interesante escrito por una psiquiatra neonatal francesa (105) describe las cuestiones que atormentan a un imaginario hijo único que nace de una transferencia múltiple de embriones: ¿Quién a mí? ¿Quién ha creado mi vida? ¿Por qué estoy vivo y mis embriones hermanos no? Los sentimientos de poderoso se alternan con los de culpable por
ser el que sobrevivió. ¿Tengo hermanos, primos? ¿Qué podría aprender de ellos sobre mi mismo?


Todo esto debe ser pensado de nuevo y debatido. Incluso oyendo la opinión de los así nacidos que van entrando ya en la edad adulta y tienen mucho que decir (106). Va más allá de lo que se entiende por una asistencia a la reproducción ante problemas de infertilidad de una pareja estable."

Dra. Natalia López Moratalla
Extraído de: El precio del «milagro» de los nacimientos por las técnicas de fecundación asistida http://www.aebioetica.org/revistas/2012/23/78/421.pdf


*103
Viladrich, P.J.
El valor de los amores familiares. Ed RIALP, Madrid, 2005, 12 y ss.
*104 Viladrich, op. cit.71, 35 -36
*105 Bayle B, editor. L’embryon Sur Le Divan—Psychopathologie De La Conception Humaine. France: Elsevier/Masson; 2003.
*106 Sieguel, S., Dittrich, Vollmann, J. «Ethical opinions and personal attitudes of young adults conceived by in vitro fertilization» Journal of Medical Ethics, 34, 2008, 236-240.


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