viernes, 30 de septiembre de 2011

Un cuento sobre una existencia inimaginable, por Jaap van der Wal

"Imagina que (todavía) eres un feto. Pensando que el mundo es como tú, conócelo y experiméntalo en esa época. ¿De qué otro modo podrías imaginártelo? Acabas de despertar en este mundo, en esta realidad. Has despertado abriendo y descubriendo tus sentidos, aún estás soñando, y lentamente, paso a paso, te vas haciendo consciente de las cosas, del mundo que te rodea. Tu experiencia no alcanza más allá de un cálido envoltorio de agua. Una suave calidez te envuelve, sabes que estás siendo transportado en una cobertura suave y maleable. Tu conciencia no va más allá. Estás a oscuras, de vez en cuando ves una luz suave. Oyes vagamente rumores distantes. Voces y el sonido murmurante de un corazón. Está allí, rodeándote por todas partes. Las cosas todavía no tienen nombre: aún no existen las nociones. Podrías pensar: "Esto es, esto es el mundo, la realidad, así es como será mi existencia". ¿Cómo podrías pensar otra cosa?

Y te apegas a este mundo. Con total rendición construyes raíces de confianza y de ser en este mundo, en este manto viviente de membranas y placenta. Esa es tu seguridad. Ahí es donde encuentras respiración y nutrición, ahí existes, ahí tienes tus raíces. Cuentas con una base sólida y segura, un suelo bajo tus pies. "Mírame, colgando de cordones de vida", como dice el poeta. Imagina que eres (todavía) un feto y podrías pensar: "Así es como son las cosas, y así es como deben ser. Esto es la vida, la existencia; ésta es mi realidad, mi mundo."


Y entonces... Llega un momento que el suelo de membranas y cubiertas que estaban bajo tus pies empieza a temblar, a desmoronarse, a ceder. Las conexiones que antes eran seguras y fiables cambian. Los vasos sanguíneos quedan destruidos, casi te falta la respiración. Esa bolsa en la que confiabas y que te llevaba empieza a expulsarte. Eres impulsado a salir de tu paraíso, tus cimientos ceden. El agua que te llevaba en todo momento, que te protegía y te cubría, desaparece. ¡Estás siendo expulsado! ¿Afuera? ¿A dónde? ¿Existe un fuera? No existe tal cosa como un fuera, no hay un allí, ¡no hay otro modo de vivir ni de ser! Es INIMAGINABLE que pudieras salir de este mundo conocido en el que despertaste, que te llevó y en el que confiaste. Sientes dolor, inquietud, ¡estás muriendo!


Pero entonces... ocurre lo INIMAGINABLE. Después de recorrer un estrecho y oscuro túnel sigues vivo. ¡Es posible! El aire quema tus pulmones, pero puedes respirar. Es una forma de vida desconocida. Hay luz y sonidos secos, pero también manos y brazos cálidos que te llevan y te reconfortan. También puedes comer y ser alimentado: hay un cálido pecho donde vuelves a sentirte en casa.


¿No es el mismo tipo de noción lo que ahora nos impide mirar por encima de la frontera de nuestra muerte? ¿Cómo de INIMAGINABLE es para nosotros ahora que pudiéramos sobrevivir sin todo lo que representa nuestro mundo, nuestra realidad actual? Este cuerpo que nos es tan familiar, nuestro fiable hogar de toda la vida. Este mundo en el que estoy seguro de estar vivo. ¿Podría haber otro lugar, otro modo de ser? ¿Hay existencia allí fuera? No puede haberla. Es inimaginable.


Imagina que vuelves a ser un feto, en esta realidad, en este mundo. Que un día podrías nacer a través de un túnel a otro modo de ser, a una vida en el otro lado. ¿Lo inimaginable como una posibilidad? Y quién sabe si hay alguien esperándote en ese otro mundo, tal como eran conscientes de tu presencia durante el embarazo.


Nacer: morir a la coherencia y plenitud de nuestra existencia prenatal, venir del allí al aquí. Morir: ¿irse de aquí, nacer allí, en el otro lado? Nacer y morir, ¿dos lados, dos aspectos de un movimiento similar, del mismo movimiento?"


Jaap van der Wal
http://www.embryo.nl/