martes, 16 de octubre de 2012

Experiencia de un parto consciente

"Me embarazo. Vivo intensamente el momento de la concepción.
Siento una explosión de luz cuando el ser de ese niño entra en mí.
Todo el embarazo es un período de expansión y plenitud."

"Decidimos que el parto sea asunto nuestro.
Y es realmente la experiencia más transmutadora de mi vida"
Alba

En el precioso libro Vengo del sol, de Flavio M.Cabobianco, publicado en el 1991, la madre de Flavio relata sus experiencias espirituales y su expansión de consciencia en la concepción, gestación y parto de sus dos hijos. Testimonios como el de Alba nos recuerdan que otras maneras de recibir a las nuevas generaciones son posibles y que la magia está en nuestro interior. Su relato nos sugiere que la apertura de consciencia de los padres podría estar relacionada con la capacidad que tienen los hijos de recordar quienes en verdad son y de donde vienen:

"Creo que mis hijos vinieron a través de mí simplemente porque yo logré recordar. Ahora sé. Todos los niños saben, pero al crecer olvidan lo esencial.

A los nueve años, yo vivía en un pueblito al borde de la selva. Faltaba muy poco para ser transplantada a Buenos Aires. Iba a dejar ese lugar tan amado, donde había nacido y crecido, rodeada de luz y naturaleza, para vivir en una enorme ciudad de cemento. Estaba enojada y triste, pero nada podía hacer. Los mayores decidían.

Era la hora de la siesta. Una hora mágica. Estaba jugando sola en el fondo de la casa. Entonces sucedió: el tiempo pareció detenerse. Todo quedó en suspenso. Dejé de sentir el calor de la siesta, el susurro del monte. Me sentí mirada. Alguien estaba detrás de mí, observándome, observando a esa niña que era yo. Pero de pronto fui también yo la que observaba, una mujer, mirando con amor y nostalgia a la niña que había sido.

Fue el primer contacto intenso, pero fugaz, con la totalidad de mi vida. Esa mujer era madre de dos niños y tenía un compañero al lado. Estaba volviendo a ese lugar, tendiendo un puente de amor y comprensión a través del tiempo, recordándole a la niña que todo era parte de su destino.

Fue el esplendor de ser y saber, estar entera, en conexión con la totalidad de mí misma. Al volver a mis nueve años, el dolor de la partida se había disuelto. Me sentía aliviada y protegida. Sabía que irme de mi lugar de origen era parte del orden de mi vida.

Ese día hice un solemne compromiso conmigo misma: me prometí no olvidar. Recordar para siempre, aunque olvidara. Recordar que se podía recordar.

Años después, ya adolescente, me encuentro con un hombre. Apenas lo veo lo reconozco. Es el hombre que acompañaba a la mujer que yo sería en el futuro, el padre de los niños que vendrían. Yo sé pero él no sabe. Sufro un duro golpe. Es raro que los demás recuerden el futuro. Pero una convicción me tranquiliza. El tiempo tiene que desplegarse y ya llegará el tiempo del encuentro.

Seguimos rumbos diferentes y pasan más de cinco años hasta que volvemos a encontrarnos. Esta vez, la relación comienza. O; mejor dicho, recomienza. La confianza mutua es sorprendente. Nos parece conocernos desde hace ya mucho tiempo. Nuestra relación toma la forma de una amistad profunda y comprometida, pero ninguno de los dos se declara enamorado.

Dudamos bastante antes de vivir en pareja. Confiamos plenamente el uno en el otro, sentimos y sabemos que de una u otra manera, estaremos siempre juntos. Esta certeza es mutua y nos ayuda a sortear dificultades. Al empezar la convivencia surgen los típicos planteos de rivalidad y celos. Somos muy jóvenes. Cada uno pretende afirmar su identidad. Nos enfrentamos con el dilema arquetípico de todo vínculo: el equilibrio entre libertad e intimidad. Los dos queremos seguir creciendo en lo individual y a la vez seguir juntos. Acordamos un pacto de unión en libertad, basado en una confianza total.

Nos resulta difícil, pero logramos mantener una relación intensa y fluida, poco estructurada.

Otra experiencia límite, esta vez compartida, intensifica nuestra conexión. Estamos pasando un fin de semana otoñal en una isla. Hace frío y encendemos un brasero. Antes de dormir, lo retiramos de la habitación, pero quedan gases tóxicos.

De pronto soy pura conciencia, una especie de condensación de energía que flota por encima de los árboles. Estoy de nuevo entera, completa, como en mi experiencia de los nueve años. Abajo percibo mi cuerpo inerme, y a mi compañero intentando reanimarlo. Estoy unida a mi parte física por un cordón de niebla. Una vibración, un sonido, tironea de mi ser hacia mi cuerpo. El me llama, grita mi nombre mientras me sacude, pero no quiero volver. Estoy libre y fuera del tiempo. Me resisto a meterme en ese guante apretado que es mi cuerpo. Entonces otra vez tengo una visión fulgurante y condensada de la totalidad de la vida que me resta por vivir. Me doy cuenta que me falta desplegar parte de mi experiencia vital, no sería correcto interrumpirla. Vuelvo. Casi inmediatamente olvido todo lo que sabía, pero me queda una clara certeza: mi vida tiene un sentido y ese sentido trasciende la muerte. Este episodio nos reúne, esta vez, con mucha más fuerza.

Seguimos creciendo, con menos conflictos. Hace ya más de diez años que vivimos juntos. Sentimos ganas de tener un hijo. Nuestra relación es más sólida y nos sentimos preparados para ser padres.

Gracias a mis "recuerdos del futuro", ya sé que tendré un varón, aún antes de gestarlo. Además, siento su presencia. Tengo un buen embarazo y un parto normal. Cuando nace, me impactan sus ojos. Es un bebé lindo y sano, pero yo lo siento "raro". Tiene una mirada extraña, insondable. Atribuyo estas impresiones a mis inseguridades de madre primeriza. Me voy acostumbrando a él, y dos años más tarde, siento otro niño cerca. Es otro varón. Hubiera preferido esperar, pero el nuevo ser ya andaba rondando.

Me embarazo. Vivo intensamente el momento de la concepción. Siento una explosión de luz cuando el ser de ese niño entra en mí. Todo el embarazo es un período de expansión y plenitud. Sin embargo, me cuesta reconocerme a mí misma. Viejos hábitos se modifican. No puedo comer carne ni oler café. Estoy muy sensible a las "ondas" de los lugares y a las vibraciones de las personas.

El padre de Flavio y yo nos mantenemos muy unidos. Decidimos que el parto sea asunto nuestro. Y es realmente la experiencia más transmutadora de mi vida.

Al llegar las primeras contracciones me siento atravesada por olas de energía. Descubro que al alinearme con la corriente de la vida, el dolor se convierte en placer, la contracción en expansión, el miedo en alegría.

Mi compañero me sostiene y me transmite su fuerza. Todo el trabajo de parto es casi una ceremonia. Él, yo y el niño por nacer formamos parte de un mismo circuito. Con el último pujo, con la última ola de dolor-placer, soy arrastrada a una extraña experiencia. Mi cuerpo es una breve envoltura atravesada por sucesivos e interminables nacimientos y muertes. El tiempo adquiere una cualidad vertiginosa, nazco y muero reiteradamente. Se interpolan retazos de otras vidas, otras muertes, otros modos de ser.

En ese momento, de nuevo sé todo, comprendo todo. Soy, somos condensaciones del proceso de la vida. La muerte es un nacimiento y el nacimiento es una muerte.

"Yo soy así: grandes ojos y pies muy grandes
para agarrarme fuerte a la Tierra".
Dibujo de Flavio a los 4 años
Al rozar el cuerpecito caliente y pegajoso de mi hijo, vuelvo a ingresar a estas coordenadas de espaciotiempo.

Estoy de nuevo aquí, y él también está aquí. Nos miramos. Sus ojos no me asombran, tiene la misma mirada extraña, insondable, de mi otro hijo.

Ahora sé: son de la misma raza, de la nueva raza."
Alba

Vengo del sol, Flavio M.Cabobianco

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